domingo, 21 de enero de 2018

Doremicros viajeros. La importancia de lo mínimo.

Dédalo Ignacio J. Borraz es un perfecto maestro de ceremonias del que parten multitud de iniciativas para fomentar la creación literaria en cualquiera de sus facetas. Una de ellas, dentro del evento Me suenan tus letras, es la del Doremicros, en su vertiente presencial o viajera, para los que no somos de Barcelona, esta última significa una excelente oportunidad de compartir relatos con otros escritores. Esta ha sido mi propuesta sobre: la importancia de lo mínimo.


Un día casi normal

Julia sale del instituto a las dos en punto. Sale con sus amigas. Visten todas el mismo uniforme: un suéter verde, una blusa blanca, unas medias verdes, una falda a cuadros. Avanzan por la calle jalonada de acacias. En primavera los pájaros se arremolinan en sus copas a cantar su celo, los capullos se arraciman en torno a las ramas a punto de reventar. El viento toca una melodía suave con un rozar de hojas. Pasan coches. Algunos paran para recoger a las chicas. Serán los padres, o el servicio. Es un colegio privado. De los caros. Cada vez quedan menos estudiantes por la acera sombría. Soportan las mochilas con soltura. Van y vienen, esperan a los chicos o se alejan de ellos. Los chicos también visten todos de la misma forma: pantalón gris, camisa blanca, suéter verde. Se mezclan y se vuelven a disgregar. Se forman parejas. Se pueden leer miradas cómplices. Juegan. Se tocan. Se escuchan voces y risas. Su energía adolescente embriaga las aceras. Julia cruza una calle y se pierde a la derecha. Como siempre. Los pocos que quedan gritan su nombre a modo de despedida. Ya no se verán hasta mañana. Aunque hablarán por wasap. Julia sonríe y se ajusta la mochila antes de atravesar el parque que la separa de su casa. Son las dos y veinte. Otra vez se le ha olvidado comprar el pan en el horno de la esquina. Pero no se va a volver. Le puede la pereza. Está nublado y el olor de la atmósfera anuncia que la lluvia no tardará en caer. Un perro se acerca a olisquearla mientras su dueño juguetea con el móvil. Julia retrocede. No le gustan los perros. Le dan miedo. Tranquila no hace nada, quieto Toby o Boby o Rory, no entiende bien lo que dice el dueño, pero el perro se para y ella sigue su camino. Papá compra el pan, le habla a su teléfono, se me olvidó coger dinero, y pulsa enviar mensaje. Un grupo de chavales más mayores fuman porros alrededor de uno de los bancos de madera. Hablan alto y tienen puesta, en uno de sus iphones, música reguetón, también bastante alta. Pasa a su lado sin mirarles. No te preocupes ya lo compro yo; hoy como en casa; espérame si quieres y comemos juntos. Tres toques seguidos le avisan del mensaje. Piensa en su padre, en lo rápido que conduce, en que enseguida estará en casa. El cielo se pone negro de repente y suena un trueno inesperado. Todavía no llueve pero todos se ponen a correr. Los chavales del iphone, el perro con su dueño. Los compañeros de Julia que todavía no han llegado a sus casas, su padre. También Julia. Siente entonces el impacto de una gota en su brazo, una sola. Gorda. Fría. La que inaugura en su piel la primavera, la que hace que el vaso se rebose.



*En esta edición resultó ganador Palabrita del niño Jesús de Juan Cabezuelo, segundo clasificado Obsolescencia programada de Javier Puchades y tercero Basado en hechos reales de Ángel Ramón la Rosa bondía


Imagen tomada de la red



sábado, 20 de enero de 2018

Viernes creativo. Carl Størmer.

Carl Størmer era un joven estudiante de fotografía que en 1890 tomaba fotos espontáneas con la ayuda de una cámara oculta, en secreto, a las personas que pasaban por la calle, al azar.
Ana Vidal nos trae este Viernes una de estas fotos para que escribamos una historia, también con nuestra particular cámara oculta.


La casa Suikerbuik

Las hermanas Suikerbuik odian la misa de domingo y las partidas de bridge en casa de los Leenards. Detestan el olor a vinagre de los patios de vecinos y a las moscas que revolotean alrededor de las caballerías. Se declaran enemigas del viento que les arranca los sombreros y arruina sus peinados; de los hombres que se abren recelosos a su paso con el espanto clavado en sus mejillas; de los canapés de queso con endibias y del cóctel Margarita antes de la cena. Las hermanas Suikerbuik siempre tienen prisa. Corren a su casa en las afueras, evitando el atrevimiento de la chiquillería, dando el esquinazo a las miradas torcidas que pueblan las ventanas. Ya al abrigo de los gruesos muros que conforman la casona dieciochesca que las nombra, se despojan de la incómoda ropa que las viste, del maquillaje que las afea y avejenta, de las horquillas que esclavizan sus cabellos. Cuelgan de la percha de su alcoba el apellido impostado que les sirve de coartada, y en penumbra, mientras se arrancan con apremio las enaguas, se asoma a sus pupilas una pasión alejada del incesto.

cámara oculta carl stormer


jueves, 18 de enero de 2018

Viernes creativo. Quint Buchholz

Me recordaba Facebook hace unos días que un año atrás había publicado este micro en los Viernes creativos. Me parece un micro, independientemente de que sea bueno o malo, a la vez que tierno, terrible, y ahora, después de volver a leerlo, me da por pensar que una vez que estemos asomados al abismo, lo mejor es tirarse juntos. Feliz aterrizaje!!!

Quint Buchholz,  envió un dibujo a cuarenta y seis autores de países distintos, con la petición de que escribieran el texto oculto en él. A cada uno un dibujo. Como un viernes creativo pero a autores como John Berger, Ana María Matute, Carmen Martín Gaite, Milan Kundera, Eduardo Mendoza, Susan Sontag y muchos más. El resultado, El libro de los libros. 

Resultado de imagen de el libro de los libros de quint buchholz


 Ana Vidal, en sus Viernes creativos nos mostró algunos de estos dibujos, para que popusiéramos también nuestras historias... y esta es la mía.


Tarde de domingo

Igual que el humo de los cigarros, flotan en el ambiente nuestras ganas de follar. Ninguno de los dos, sin embargo, se atreve a proponerlo. Hablamos sobre cosas intranscendentes, nos reímos de ocurrencias bastante tontas, permitimos que nuestras manos tanteen la piel del otro, que se encuentren, que recorran caminos que en otro tiempo hubieran acabado entre las sábanas, con las ropas dispersas por el suelo, con la pasión, como un cuchillo, entre los dientes. Yo, por si se nota mi apetito, propongo tomar un café con hielo; para apagar el incendio. Ella, para disimular su zozobra, sugiere una película. Y así, entre sorbo y sorbo, de escena en escena, compartiendo miradas furtivas, pasamos la tarde acurrucados en el sofá; sujetando nuestro deseo; esperando que sea el otro el que dé el primer paso. Cuando cae el telón de la película, me levanto a tender la ropa de la lavadora y ella decide arreglar un grifo que gotea desde hace tiempo. Nos vigilamos de reojo pensando, cada uno, que haría mejor el quehacer del otro, pero nos dejamos terminar sin un reproche. Se ha hecho de noche, la luz de la luna llena araña las ventanas y, de la mano, nos asomamos juntos al abismo.

Resultado de imagen de quint buchholz



domingo, 14 de enero de 2018

Esta Noche Te Cuento. Superhéroes.

Aprovecho que Alivios ha sido seleccionado para el libro de 2017 de ENTC, para publicar Epopeya, que fue también seleccionado en su momento con el tema de fondo de los Superhéroes. La cubierta del libro va a estar ilustrada con una sensacional fotografía de Eva García, de la que también se publican dos relatos en el mismo libro. El título aletreos.

Epopeya

Ni Batman ni Wolverine ni Catwoman acudieron jamás a su llamada cuando los abusones de sexto le quitaban el bocadillo en los recreos. Ni cuando los matones del Cerro de la Maga llegaban con sus motos ruidosas al solar y le ponían en evidencia delante de Marlène o de las hijas del cartero, las gemelas, que lejos de asustarse se montaban en los asientos de atrás y se iban a los montones de tierra a dejarse desabrochar la blusa, a ofrecer sus besos pintados de pecado. Tampoco apareció ningún titán el día que se cayó por las escaleras. Ni siquiera el ángel de la guarda, que permitió también que su madre fuera distraída el día del accidente, que aquel hombre bebiera, que cogiera el coche, que atravesara el paso de cebra a más de ochenta. Ningún superhéroe evitó la represión en la fábrica el día de la huelga, las represalias de la empresa, el despido. Ni el todopoderoso Sindicato, que miró para otro lado para defender su establishment. Nunca encontró la heroína que vistiera entre líneas su lecho de tibieza o calmara la agonía de sus noches. Sólo una pila de cómics desgastados espera su turno en la mesilla.

La imagen puede contener: flor, exterior, texto y naturaleza



viernes, 12 de enero de 2018

Viernes creativo. Tanja Jeremić.

Voy a ser sincero y confesar que tengo dos cuentos para esta sugerente imagen de Tanja Jeremić. El primero me ha gustado mucho y me lo he guardado para un concurso. Otras veces he hecho esto, las imágenes que selecciona Ana vidal suelen ser muy inspiradoras, pero nunca con la primera opción, que siempre he colgado en los Viernes creativos religiosamente. Esto me hace sentirme un poco raro, como si hubiera cometido una traición, pero, aunque es muy difícil, si la empresa llegara a buen puerto, anunciaré orgulloso donde está el gen del que parte la historia. Tampoco suelo hacerlo mucho porque es la imagen la que dicta la historia, su esencia, desde el prisma de cada uno, claro, la que te exprime hasta contarla, y es muy difícil exprimir un limón dos veces.


El influjo de la luna

El hombre lobo se había enamorado de Anaïs Ortega. Aullaba al infinito y corría por las calles buscando su rastro. Anaïs esperaba a que la luna se llenara y escapaba entre las sombras abiertas del espejo. Cada veintiocho días jugaban al gato y ratón. Anaïs tenía miedo de los lobos y de los hombres; de los ratones y de los gatos. Cansada de seguir con ese juego decidió coger el toro por los cuernos. Aunque tampoco los toros eran santo de su devoción, se armó de valor y volvió a fumar. El olor del tabaco difuminaba su estela y su recuerdo, confundía al lobo que recuperaba su forma humana, cuando el satélite empezaba a menguar, antes de encontrarla. De vuelta el hombre, Anaïs dormía tranquila, porque no estaba enamorado y se entretenía jugando en otras camas.

Tanja Jeremic

domingo, 7 de enero de 2018

Zenda libros. Cuento de Navidad

El espíritu de la Navidad

El belén era de mamá. El árbol de papá. Cada año, el primer domingo de adviento, mamá sacaba la caja con las cosas de la abuela y la abría delante de nosotros. Era una caja grande de cartón que arrastraba hasta el centro del comedor ella sola. Después nos llamaba con la misma voz con la que cantaba coplas mientras cocinaba o limpiaba el suelo de la casa. Aunque ya sabíamos lo que había dentro, nos arremolinábamos a su alrededor como si nos fuera a enseñar el mayor de los tesoros. La destapaba sin ninguna ceremonia, pero con la luz de la nostalgia iluminando su cara. Dentro, apartaba otras cajas más pequeñas, algunos libros, una bolsa con un rosario, y una novena a Santa Gema Galgani, y algunos trastos más que no consigo recordar; hasta que descubría, debajo de todo, una caja de galletas Fontaneda, de las que vendían antes, de cuatro o cinco kilos, que rescataba del fondo para enseñarnos las figuritas que habían estado durmiendo todo el año en su interior. Nada nos importaba que a uno de los camellos le faltara una pata, ni que alguno de los pastores fuera manco o que estuviera rota la silla del señor de las gachas. Las colocábamos todas siguiendo sus indicaciones, en un rincón del comedor, sobre un fieltro verde adornado con bolitas de corcho blanco. Primero el portal, con el techo casi hundido y algunos de los palitos de pino barnizado a medio despegar. Después el misterio, con la mula y el buey calentando una cuna todavía vacía. La Virgen y San José, los reyes con sus camellos, los pastores con sus ovejas y Herodes con su ejército, al final, junto a un castillo recortado de cartón apoyado en una de las paredes. Cuando solo faltaba el niño, que mamá había guardado entre algodones en uno de los cajones de su cómoda, sacábamos las panderetas y cantábamos todo el repertorio de villancicos que habíamos aprendido a lo largo de los años. Y se quedaba allí, un poco olvidado hasta que nos daban las vacaciones de Navidad.
Con papá íbamos a la plaza Mayor algún domingo de diciembre que el Madrid no jugara en casa. Primero nos dábamos una vuelta por los puestos y mirábamos con admiración las figuritas de Belén que vendían en ellos. Las había de todos los tamaños y estaban enteras. Tenían enormes portales de madera barnizada y familias de muchos animales distintos. Nos parecían maravillosas, pero no podíamos decir nada, ni mucho menos comprarlas, porque para mamá las mejores eran las de la abuela y solo entrarían otras en casa por encima de su cadáver. Así oímos una noche, cuando ya nos habíamos acostado, que se lo decía a papá muy enfadada. Había también puestos de zambombas y panderetas, de artículos de broma, de bolas, espumillón y árboles de mentira, pero no compraríamos nada hasta llegar a los puestos en los que vendían los árboles. Papá se acercaba despacio y observaba los de cada puesto. Se daba una vuelta, dos, a veces tres o más hasta que decidía cuál de todos iba a ser el elegido. Casi siempre preguntaba por uno más pequeño que hubiera al lado del elegido para indignarse por el precio. Alegaba lo que habían subido desde el año pasado y que estaban más pelados, que era una vergüenza aprovecharse así de la gente en estas fechas y que había preguntado en otros puestos y estaban más baratos. Como los precios estaban engordados, al final conseguía una pequeña rebaja y nos íbamos a casa tan contentos con la sagacidad de nuestro padre y con una lección aprendida que tal vez en el futuro nos podría servir de algo. Ya en casa papá sacaba otra caja con los adornos que había ido comprando para el árbol. Había bolas de cristal muy bonitas y delicadas que nos dejaba ver, pero que solo él colocaba en la parte más alta. Aunque una de las tareas más difícil era la de plantar el árbol en un tiesto que habíamos forrado previamente con un papel brillante y lleno de estrellas. Cuando lo intentábamos, todo el suelo se llenaba de mantillo y mamá venía corriendo a barrerlo mientras despotricaba en voz baja pero tajante. Casi siempre quedaba algo torcido, pero lo dejábamos por imposible y colocábamos el espumillón, las bolas menos delicadas, los renos y los papanoeles, y los paquetes falsos de regalo, rodeando el árbol y colgando de sus agujas. Antes de sacar las panderetas, papá cogía a Luisito, el más pequeño de nosotros, y le aupaba hasta la copa para que colocara allí una estrella grande y brillante. Vas a poner la guinda, decía, y cantábamos los mismos villancicos que cuando pusimos el belén, incluso en el mismo orden.
El día veinticuatro olía a guirlache y asado, teníamos los bolsillos llenos de caramelos y polvorones del aguinaldo, cantábamos y bailábamos para entrar en calor, dibujábamos estrellas en los cristales empañados de las ventanas. Mamá iba y venía de un lado a otro mientras colocaba las bandejas de dulces y turrones, mientras preparaba las ensaladas y cocía las gambas, mientras regaba el cordero con el jugo que él mismo iba soltando, mientras colocaba la mesa. En uno de esas idas y venidas siempre se acordaba de rescatar al niño de la cómoda, de sacarlo con cuidado de su funda de algodones y colocarlo en la cuna, aunque no fueran todavía las doce, porque decía que tenía que presidir la cena. Papá solía llegar con los ojos brillantes y un deje de ternura en el hablar. Traía dos botellas de sidra helada y el peso de los años en los bolsillos. Cenábamos pronto y nos íbamos con la barriga llena, y la felicidad de estar juntos en las mejillas, a la misa del gallo. Convencidos de que siempre sería así, sin imaginar siquiera lo que duelen las ausencias, lo que cuesta arrastrar una caja de recuerdos por el suelo de la casa.

jueves, 4 de enero de 2018

Esta Noche Te cuento. En blanco y negro (1)

Este año en ENTC se han metido en obras. Han pintado la casa y han movido algunos muebles, aunque la esencia sigue siendo la misma. Las propuestas, fotos en blanco y negro, 6 oportunidades en doce meses. La primera es una sugerente imagen que parece salir del corazón de la gran manzana del fotógrafo americano Thomas Hoepker.

Imágenes integradas 1




Nadie conoce a nadie

El café está frío. Como el pavo. Como las salchichas que vende el negro Sam en el puesto ambulante de la esquina. Así lo pone en su carromato destartalado, «prueba las salchichas del negro Sam, las mejores de todo Brooklyn». Y las vocea mientras se agarra el paquete con su enorme mano de antiguo recolector de los campos de algodón. «¡Charly!», «¡Charly!», me llama cuando paso y el puesto está vacío, sin conocer mi nombre ni mi cara, con la familiaridad de quien abre un agujero en sus recuerdos. Sin saber siquiera si me gustan las salchichas. Entonces dibujo en mi cara una sonrisa alegre de payaso y me excuso con un gesto divertido que provoca en el negro una enorme risotada que me acompaña hasta la cafetería; que persiste entre el ruido de la loza y las comandas; que guarnece el insípido emparedado y endulza cada trago de un café cargado en exceso. Que me aísla, por así decirlo, de la indolencia de los demás clientes. Dejo sobre la barra los sesenta y nueve dimes que me separan de Actlantic Avenue. Todavía no llueve. «¡Charly!,¡Charly!», grita el negro. Y me acerco, ahora sí, a pagar de rodillas su entusiasmo.